jueves, 31 de julio de 2008

reflesjos en el mar (II)



Líneas. Curvas. Ondulaciones. En reposo. Mientras el sol se pasea por el cielo. Triunfante de su poder. Su luz. Su calor. Mientras el mar acaricia el casco de la embarcación. Cuando el mar se amansa una mañana de sábado. Cuando el marinero se baña y vive. Mientras navega la mañana. En la Isla de Tabarca.

un día de playa


En la playa de Poniente. La brisa marina borra nuestras huellas que dejamos en la fina arena de la playa. La brisa borra nuestro pasado. Ayer, presente. Hoy ... historia. La brisa nos refresca las mejillas en este día caluroso de verano. Frente a la isla de Benidorm. En un día de playa.

explosión multicolor


Un disparo. Un aviso. Unas explosiones. El cielo oscuro de la noche se llena de colores. Doran la oscuridad provocando sensaciones de júbilo. Aplausos. Sonrisas de satisfacción. Lágrimas de emoción. Por unos instantes el cielo oscuro se viste de fiesta. Se ilumina en una noche de verano.

lunes, 28 de julio de 2008

La ermita de la Playa de Poniente, en Benidorm

Alejada del bullicio. Del ir y del venir continuo de los paseantes. Lejos de la aglomeración de tiendas y establecimientos de restauración. Con una playa de arena fina y aguas cristalinas. Con la isla como testigo. Con el mar como mensajero. Historias nuevas, historias viejas, que se narran desde esta tranquila playa. La Playa de Poniente.

Menos visitada que la Playa de Levante, la de Poniente es más tranquila. Sin desmerecer una de la otra. Su costa y su litoral. Su paisaje. Su geografía. Las gentes que la visitan. El mar que baña sus orillas. Su entorno, que aún se salva del urbanismo salvaje. En su extremo occidental, el Tossal de la Cala, una Ermita y un Mirador, se recortan sobre el Mediterráneo.




Mi amigo Javier Fiol me enseña este poco conocido rincón de Benidorm. Tossal donde vivieron los íberos en los años de los siglos III-I a. C. Este asentamiento íbero fue declarado Bien de Interés Cultural en 1984 para preservar lo que quedaba de la presión urbanística. Lugar que comparte espacio con una pequeña ermita. De la Virgen del Mar. Virgen y niño Jesús, velan por los navegantes. Mirador desde el que se domina toda la costa de Benidorm. Desde el que se tiene más cerca su isla. Desde el que se disfruta de extraordinarias vistas del litoral, de la ciudad, de las montañas. Las sierra Helada. La de Bernia. El Puig Campana. Proa al horizonte, donde bailan al viento las gaviotas.







Para recuperarnos de los calores de hoy, Javier me lleva a Barranco Playa. Yo me dejo guiar por mano experta porque donde hay patrón no manda marinero. Un extraordinario restaurante entre apartamentos. Su entorno no desmerece su cocina. Probablemente, de sus fogones se cocine el mejor pescado que se come en Benidorm. En su terraza, bajo una sombra milagrosa. Con la playa y la isla de Benidorm frente a nosotros. Unas palmeras nos abanican la escasa brisa del mediodía. Sobre la mesa, unas gambas hervidas. Poco hechas. Licinio García, propietario y jefe de cocina de su restaurante, nos comenta su secreto. Cómo las cocina poco para que salgan tan buenas, sin estar crudas. Porque el marisco tiene que saber a mar. Porque tiene que estar sabroso. Un producto vivo, fresco como este hay que saberlo cocinar. No sólo con cariño. También con la sabiduría adquirida por la experiencia de años junto a sus ollas. El plato de los sepionets parece un cuadro. Afortunadamente no lo es. Están buenísimos. El mero a la espalda … ¡qué os digo, amigos!. No recuerdo un mero como este en mis visitas gastronómicas. Impresionante. Todo, regado con Marina Alta, vino conocido y premiado, que acaricia nuestro estómago con su sabor. De postre, sorbete de limón y tarta de chocolate, con un orujo de hierbas.







Playa. Isla. Ermita. Mirador. La luz del Mediterráneo. Las gaviotas. El mar. Y los fogones de Licinio. Este mediodía, regalo a la vista, a los oídos, … al paladar.



viernes, 25 de julio de 2008

Calafate-Rabosa-Rincón Bello-ladera de els Castellerets-Rabosa

Hoy salimos al monte con intención de comer por el camino. Es una buena manera de disfrutar del senderismo, sin prisas. Una forma de estar más tiempo en contacto con la naturaleza, al aire libre. Sin mirar el reloj, sin tiempos marcados. Sin necesidad de terminar de caminar por estos senderos a una hora en concreto. Con la única limitación de que se haga de noche.

Un grupo de amigos partimos de Elda. Pedro. Los hermanos Indalecio y Jesús. Y Paskki. Camino de nuevas aventuras. De pasar un buen rato. De disfrutar del paisaje. De vivir al aire libre.


Salimos de Elda en dirección a Xorret de Catí. Una señal a la derecha. Vamos hacia Rabosa, Parque de Montaña del Centro Excursionista de Elda y lugar de encuentro y referencia en esta zona montañosa. Antes de llegar, doblamos a la izquierda por un carril que toma la dirección de la ermita de Catí. Hoy vamos cargados de mochilas. Más preparados que otras veces. Mi amigo Enrique, buen senderista, dice que siempre hay que llevar mochila. Con un chubasquero. Con algo de comida. Con agua suficiente. Pedro opina lo mismo. Su mochila es un bazar de utensilios que pueden ser necesarios. Navaja completa. Cuchillo al estilo Curro Jiménez, con hoja albacetense. Linterna. Capa impermeable. Pequeñas cosas que puede usar. Pequeños accesorios que pueden hacer grandes amistades en el camino.




Está nublado. Todo apunta a que podemos mojarnos a lo largo del día. El camino es cuesta arriba, sin dificultad. El carril se divide en dos direcciones. A la izquierda busca la ermita de Catí. Tomamos el carril de la derecha. Llegamos a una planicie. Estamos cerca de la cumbre del Monte del Calafate. Dejamos a la izquierda los senderos en dirección a los Rasos de Catí a 2,9 km por el PR.CV.30, Pantanet a 1,750 km por el PR.CV. 6/8, Xorret de Catí a 3,5 km por el PR.CV. 6/7 29-30 y nos dirigimos al Rincón Bello, nuestro destino, a 50´ por el PR.CV. 33, cruzándonos con el PR.CV. 29 que se dirige a la Cumbre del Cid a 7,9 km.

Tomamos un sendero en dirección a Rabosa, paso obligado desde donde estamos para ir al Rincón Bello. Buenas vistas del circo de montañas que tenemos a nuestro alrededor. El Alto de Guixots, el Maigmó, … Nos adentramos en un bosque de pinos. Desde arriba vemos la ermita de Rabosa y su campanario. Y el sendero que asciende en busca de la Cumbre del Cid. Marcas horizontales blanco y amarillo nos indican que caminamos por el sendero. Un mar de pequeñitas piedras bailan bajo nuestros pies. Piedras sueltas, movedizas, son peligrosas cuesta abajo. Vamos con cuidado para evitar resbalones. Es más un paso de cabras que un sendero. Entre los pinos, el Cantal del Moro. Nos acercamos a Rabosa. Pedro nos cuenta que el Centro Excursionista de Elda, propietaria de este Parque, es el segundo Club de España en número de socios, él entre ellos, después del Fútbol Club Barcelona. Bajamos por una senda donde la erosión y el agua de lluvia han arrancado buena parte de su superficie. Unos troncos redondos clavados en el suelo frenan el deslizamiento de la tierra y los sedimentos del bosque. Seguimos caminando. Nos encontramos con un puentecito de madera. Sobre una rambla.












Llegamos a Rabosa. Dejamos a nuestra derecha las parrillas para asar, el lavadero, los cuartos de baño. En verano está prohibido hacer fuego, para evitar incendios y catástrofes como la que ocurrió hace unos años en la provincia de Guadalajara.

Junto a una gran pinada, el refugio de Rabosa. Los fines de semana hay un bar. Bajo la pinada, unas mesas y bancos de piedra. Jesús empieza a manipular su abultada y misteriosa mochila. Está preparada por dentro para que la bebida no se caliente. En uno de sus compartimentos, un verdadero ajuar. Para no privarnos de nada, aunque estemos en el campo. Mantel y servilletas de tela. Platos. Copas. Cubiertos. Nada de comer con las manos. Con estas, sólo el pan que, por supuesto, es del horno de Pedro. Y de su cocina, hecha con las manos andaluzas de su mujer, un gazpacho de órdago a la grande. Extraordinario. La mesa se va llenando de viandas. Tomate. Aceitunas. Jamón serrano cortado en trozos grandes, parecen onzas de chocolate. Tortilla de patatas. Embutido. Perdiz en escabeche. Tinto de verano. Y la tertulia que se alarga. Lo que no dice uno lo dice el otro. Senderos. Montañas. Música. Asuntillos de la propia vida. Un poquito de política. Y mucho cachondeo. Un solo chiste, de panaderos. Y muchas carcajadas.





Alrededor de las 16,30 h iniciamos la marcha. Una señal vertical. Rincón Bello a 3,5 km por el PR-CV. 6/5. Las nubes han desaparecido. El sol pega, pero lo suaviza una brisa que nos acaricia mientras caminamos por el sendero. Nos acercamos a una casa particular, la única a muchos kilómetros a la redonda. Unos la llaman la casa del Herrero. Otros, la casa Ferrer. Jesús nos llama la atención. En el monte, frente a nosotros. Una sorpresa, porque no dejan verse antes del atardecer ó por la noche. ¡Una zorra!, ó un zorro. Le delata su característica cola. Nos mira. No se asusta. Pero se escabulle. Se confunde entre los arbustos. Y desaparece. No parece que nos vaya a dar problemas. Por algo este paraje se llama Rabosa. Hace años abundaba este animal por estos lugares.

Pasamos por delante de la casa. Bajamos hacia una rambla. El sendero se interrumpe en una roca que se desliza hacia el cauce, hoy casi seco. Bajamos con cuidado. El sendero salta a la otra ribera. Se inicia hacia la derecha otro sendero, que no cogemos. Después de caminar un rato bajamos a la rambla. Caminamos en su interior. Volvemos a subir a un sendero de su margen derecha. Nos encontramos con un pequeño túnel. No lo pensamos. Entramos. Encabeza Pedro, en cuclillas. Nos grita que no ve nada, pero que el túnel gira a la derecha y se ve la salida. Le sigue Jesús. Paskki detrás. Cierra, Indalecio. Este le dice a Paskki “Tienes que ir en cuclillas, es más cómodo”. Paskki primero se quita la mochila para no quedarse atascado. Empieza a ir en cuclillas pero la altura se va reduciendo. “Ve en cuclillas”, dice Indalecio. “Pero si no quepo”, contesta Paskki. Risas de los que están fuera. Risas de los que están dentro. “Sigue, sigue”, dice Indalecio, “y no te pares. Si te dijera lo que estoy viendo … “. “Voy como puedo”, dice Paskki, mientras se imagina un montón de posibilidades del bicho ó los bichos que Indalecio está viendo. Quizá unos ojillos brillantes que le miran atentamente. Quizá un hocico con los colmillos entre los labios. Quizá … una serpiente se pasea por su mano. Quizá … “No te pares”. “No me metas prisa, que sufro de aerofagia y en esta postura …”. “¿Aero qué?”, grita Indalecio, retumbando sus palabras entre las paredes del tunelillo. Paskki ya va cuatro patas. En el suelo del túnel unas piedras, cortantes, arañan su pantalón. ¿Arañan?. Quizá … sea este el otro quizá. Paskki ya ve la luz del final, la luz de la salida. Le reciben unas carcajadas. Hay que tener valor para hacerle una foto en esta pose. El fotógrafo, fotografiado. Cuando sale Indalecio nos cuenta que nunca había visto lo que ha visto dentro de la cueva. “Bueno, ¿nos lo cuentas ó qué?”. “Un desfile de arañas en varias filas. De esas arañas que no pican … “. “¿Y cómo sabes que no pican?”.











El sendero se ensancha para convertirse en camino. Se abre uno a la derecha en dirección al sendero que sube a la Cumbre del Cid. Seguimos recto. Pasamos junto a una balsa con agua en previsión de incendios. Nos acercamos al Rincón Bello. Es también conocido como el Racó de Xolí. Este es el nombre que en Petrel se le daba al halcón. Esta ave anidaba en las paredes escarpadas de este barranco. Los dos montes que se juntan y que lo definen están en nuestra mirada. Un área recreativa dependiente de la Consellería de Medio Ambiente. Bajamos. Cruzamos un puentecillo de madera. Un sendero junto al cauce del riachuelo. Junto a la pared del monte. Un refugio se confunde entre las rocas. Un merendero cubierto. Otro puente de madera cruza a la zona de acampadas. Más abajo, el Rincón Bello. Las laderas se juntan. En medio, el río que les une. El agua corre tímidamente para amansarse más abajo. Un cañón. Algunos pinos se aferran a las rocas. De pie, sobre un puente de cemento. Las cañas bailan al viento. Este, frío y agradable, premio al caminante.










Disfrutamos de este momento. Nos disponemos a volver después de refrescarnos bajo unos chorros de agua. Volvemos por donde hemos venido. Vemos una señal con Xorret de Catí a 6,6 km por el PR.CV. 29 que se mezcla con este sendero del Rincón Bello. Poco antes de llegar a la vivienda particular de la casa del Herrero, cogemos el sendero que habíamos dejado a la derecha. Ahora lo tomamos por nuestra izquierda. Tenemos más ganas de sendero y hay tiempo suficiente. Parece que el sendero nos avisa sólo empezar que es de mayor dificultad que el que ya hemos caminado. Este empieza teniendo que sortear unos peñascos de piedra. Pronto el sendero, escavado en la roca, empieza a escalar la montaña. Realmente el sendero es bello. Bajo los pinos en una zona de umbría. Parece poco transitado porque la vegetación lo devora. Hay que abrirse paso con brazos y piernas. Algunos arañazos. Rodeados de árboles. De sombras. De arbustos. Nuestras siluetas se pierden entre el verde de la maleta. Desaparecemos, para reaparecer poco después. En línea recta. En zigzag. Da igual. Tiene su misterio y su intriga. Pero no pasa nada. Para no pasar, no vemos ningún animal. Sólo excrementos de cabras, muflones, que han pasado por aquí antes que nosotros.

Hay señales blancas y amarillas del sendero pero ninguna señal vertical que nos diga cuál estamos recorriendo. Quizá sea el PR.CV. 6/2. Nos encontramos con el antiguo refugio de Rabosa, escavada en la roca. Lo que queda de él. En su interior, una chimenea, un pequeño salón y varias habitaciones. En una de ellas aún quedan restos de una litera. Una cortina cuelga pobremente de la ventana.









El sendero sigue para arriba y se pierde entre la maleza. Retrocedemos. Decidimos cambiar la dirección por un nuevo sendero. Doblamos a la derecha por uno que sube frente al refugio. Nos encontramos una cruz con rayas blanca y amarillo que se cruzan. A pesar de que sabemos que indica que vamos por dirección equivocada, por orientación parece que es la mejor opción. Al rato … el sendero se termina. Una vertiente rocosa lo cierra. “¿Ahora, qué?”. Jesús escala por las rocas. Hace de ojeador. Comprueba si hay sendero más arriba. Pasan unos minutos de suspense. Oímos que nos grita y nos hace gestos para que subamos. A cuatro patas escalamos este tramo. No tiene demasiada dificultad pero hay que ir con cuidado. Sería peligroso caerse ladera abajo.

Una vez pasado este escollo seguimos por un sendero ascendente entre arbustos y pinos, con unas vistas extraordinarias de la Sierra del Cid. Vemos cómo las nubes van acariciando su cumbre. Cómo la abrazan entre sus brazos blancos. Cómo la sierra va desapareciendo entre la niebla. Mientras, caminamos por la ladera de els castellerets. Llamado el Pequeño Cid por los montañeros del lugar. Tiene la misma silueta que la Sierra del Cid, pero en pequeño. El sendero se allana. Empieza a declinar la tarde. Iniciamos una nueva bajada. Vemos a lo lejos, con alivio, la ermita de Rabosa. Melocotones y ciruelas nos dan la última energía para terminar este bello y largo sendero. Nuevas energías que memorizan este día inolvidable. Pensando ya en la próxima ruta senderista. ¿Quizá, por los campos de Pinoso?. ¿Quizá la Cumbre del Cid?. ¿Quizá, por Bateix?. Lo pasamos tan bien que cualquier ruta es buena. Es el camino que nos llama. Es el sendero que nos acompaña. Es la buena compañía la que nos anima a recorrer estos bellos, y, a veces, dificultosos parajes.







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